Mirarla abiertamente, con naturalidad, y también desde la profundidad de nuestra alma, puede ayudarnos a comprenderla mejor y conseguir reducir sus efectos y consecuencias.

Dolor en los músculos, ligamentos y tendones, cansancio crónico, adormecimiento de extremidades, incapacidad para conciliar el sueño, problemas de concentración, dolor de cabeza, dolor de cuello o mandíbulas, problemas de respiración, problemas digestivos, estreñimiento alternado con diarreas, manchas o picores en la piel, sensación de mala circulación, hinchazón corporal, hipersensibilidad a la luz, dolor al realizar el acto sexual, necesidad constante de orinar, depresión, ansiedad, angustia… Una persona con fibromialgia sufre muchos de estos problemas simultáneamente, en función de sus particularidades individuales, provocándole gran limitación y sufrimiento.

La fibromialgia, una enfermedad reconocida como reumática por la OMS desde el año 1992, sería, simbólicamente hablando, fruto de una larga y desigual lucha interna de nuestro organismo, en la que unas fuerzas inferiores resisten contra un enemigo superior, esperando que lleguen unos refuerzos que no llegan… Una resistencia llevada al límite. El dolor generalizado que se siente, es una señal desesperada del organismo que está gritando basta contra algo que lo está perjudicando traidora e insidiosamente. Una lucha contra un enemigo invisible, pero real. Más, ¿quién es o quiénes son este enemigo invisible?

Se desconoce el origen de la fibromialgia, aunque existe gran consenso en considerar que es multifactorial. Suele definirse como un síndrome psiconeuroinmunoendocrino. Esto significa que hay una multiplicidad, tanto de síntomas como de posibles causas, solapándose e influyéndose entre ellas. Consecuente, y obligatoriamente, su tratamiento deberá abordar dicho abanico de factores, tanto físicos como mentales, procurando no añadir aún más efectos secundarios a una situación y aun terreno que, de por sí, ya son suficientemente problemáticos.

La percepción de dolor se encuentra alterada e incrementada hasta límites insospechados. Ello nos obliga a una reflexión previa: ¿Qué es el dolor y qué significa? En general, y de forma concisa, se considera que el dolor es una señal de alarma desagradable y molesta que experimenta la persona mediante su sistema nervioso, cuando en una zona de su organismo existe una situación que puede provocar una lesión. Por ello, básica y fisiológicamente, el dolor promueve una inmovilización zonal con funciones protectoras. Si desaparece la situación que lo provoca, desaparece el dolor. Por lo tanto, el dolor en sí mismo, no es el origen del problema, sino una consecuencia, aunque por el gran sufrimiento que puede llegar a provocar en algunos casos en los que no se corrigen los factores que lo originan, se cronifica y aumenta hasta tal punto que se puede convertir en el síntoma principal, como suele ocurrir en la fibromialgia, en la que la percepción del dolor puede ser casi constante y en niveles por encima de los que se pueden considerar “normales”.

En la fibromialgia existe una alteración que hace que se perciban como dolorosos estímulos que no lo son habitualmente. Además, la intensidad del dolor varía en función de la hora del día, de los cambios climáticos, del esfuerzo físico y nivel de actividad, de la falta de sueño, de los cambios hormonales, del nivel de ansiedad, del estrés… Esta varianza nos muestra la existencia de mecanismos fisiológicos y naturales más allá de los calmantes y analgésicos –administrados siempre bajo prescripción médica-, que pueden influir en la sintomatología y el transcurso de la enfermedad. Tenemos por consiguiente, que aprender a controlar aquellos mecanismos que en mayor o menor medida dependen de nosotros, para convertirlos en aliados y nos ayuden a regular la respuesta a determinados estímulos.

El estrés, la ansiedad o la depresión, por ejemplo, son factores agravantes de primer orden que deben controlarse, no solamente con fármacos cuando es absolutamente necesario o mediante suplementos naturales que no comporten efectos secundarios, sino también con medidas psicológicas adecuadas para favorecer el cambio positivo a largo plazo. La forma de afrontar y resolver los problemas que se presentan en el día a día es fundamental para reducir sus consecuencias negativas o evitarlas. El ánimo con el que encaramos la vida, marca nuestro devenir. Hay que mantener la autoestima. Quien sufre fibromialgia, debe necesariamente cambiar y mejorar su estilo de gestión emocional.

La excesiva preocupación por pequeños –o grandes- problemas, también está en la raíz del proceso de formación y agravación de los síntomas fibromiálgicos. Se debe pasar a valorar más las cosas buenas que tenemos y no dar tantas vueltas a problemas que no tienen tanta importancia real, pero que sin querer e innecesariamente, pueden llegar a angustiar a la persona. Tampoco hay que perseguir la perfección ni exigirse más obligaciones de las que sean razonablemente asumibles. Es necesario organizarse y planificar bien las tareas para poder hacerlas sin mayor esfuerzo y sin estresarse, aprendiendo si es necesario, a decir “no” sin sentirse culpable ante aquellas exigencias que suponen un esfuerzo inasumible. Conseguir un ambiente familiar más relajado, con menos exigencias y problemas constantes, es un objetivo fundamental.

Tener un buen y reparador sueño nocturno es crucial. Un buen colchón, ni demasiado duro ni demasiado blando, una temperatura ambiente agradable, oscuridad sin ruidos en el dormitorio, cenas ligeras, evitar tomar sustancias y bebidas estimulantes como el café, té o alcohol, tomar una infusión o un baño caliente con aceites esenciales para relajarse antes de acostarse, son todos ellos detalles básicos que pueden ayudar a conseguir un mejor descanso, reduciendo la sensación de cansancio por las mañanas y ayudando a una mejor renovación y mantenimiento cerebral y muscular.

Escuchar música tranquila, pensar en cosas agradables o realizar pequeños ejercicios de respiración relajante durante el día, pueden ayudar a bajar el umbral de excitación nerviosa acumulada y por lo tanto, permitir la reducción de la percepción del dolor, así como a combatir el insomnio.

Se ha comprobado que aquellas personas con fibromialgia que dejan el trabajo o suspenden todas sus actividades, se suelen encontrar peor que las que continúan activas. Así que es bueno buscar la realización de actividades que le permitan sentirse útil y activo, y no rendirse. Es necesario realizar diariamente ejercicio físico adaptado para reforzar la musculatura, evitando sin embargo, que esté por encima de la capacidad física del enfermo y le fatigue. Caminar, nadar o bailar, son actividades sumamente positivas y beneficiosas. También lo son el yoga, el quiromasaje, la rehabilitación fisioterapéutica, acupuntura, ozonoterapia, así como técnicas electromagnéticas de última generación que están ayudando, en su conjunto, a conseguir mejoras apreciables.

Se ha detectado en los enfermos de fibromialgia, niveles bajos de algunas sustancias importantes en la regulación del dolor, especialmente de la serotonina, un neurotransmisor que entre otras funciones, es responsable de nuestro estado anímico. También se les ha detectado, en su sistema nervioso, un aumento de la sustancia productora de dolor llamada sustancia P. Aunque existen fármacos que pueden ayudar a controlar estas sustancias y neurotransmisores, también podemos encontrar ayudas naturales que pueden contribuir a una mejor modulación, como por ejemplo los ácidos grasos poliinsaturados omega-3, cuyos beneficios han sido demostrados en numerosísimas investigaciones científicas. Tenemos recursos que pueden ayudar a que nuestro cerebro genere endorfinas –las llamadas hormonas de la felicidad-. Disponemos también de ayudas nutritivas ricas en triptófano –precursor de la serotonina-, en calcio, magnesio, silicio, selenio, vitamina C o vitaminas del grupo B entre las más importantes, así como de otros elementos vitales e indispensables, presentes en una alimentación sana, completa y natural, especialmente fruta y verdura ricos en antioxidantes –estas personas suelen presentar un incremento de los radicales libres-, preferentemente de cultivo ecológico, libre de insecticidas y aditivos químicos, o en forma de suplementos nutricionales ortomoleculares u oligoelementos, para aquellas personas que lo necesiten, y cuya indicación deberá estar siempre supervisada por un profesional de la salud.

Es muy aconsejable que la persona enferma de fibromialgia controle su peso, evite comidas copiosas y excesivas, así como la ingesta de azúcar y sus derivados, pastelería, cereales refinados, embutidos, alimentos fritos y grasas saturadas, que le perjudican de sobremanera. Finalmente, hay que procurar evitar la exposición a sustancias tóxicas, ya sea al tabaco, que reduce todavía más la baja oxigenación muscular que suele haber en esta enfermedad, como a las contenidas en múltiples productos domésticos e industriales, que aunque sea en mínima proporción, sus efectos acumulativos pueden ser más perjudiciales para estas personas debido a la alteración de su sistema inmunológico que las hace más sensibles a sus efectos a largo plazo.

Afrontar esta enfermedad requiere comprenderla y mirarla sin miedo, viéndola de forma holística e integral. El enfermo deberá saber que tendrá el dolor siempre al acecho, dispuesto a saltar al menor descuido. Por ello, será imprescindible que pase de ser un simple paciente –ente pasivo-, a ser un agente activo de su salud, con una actitud positiva y llena de constancia durante el resto de su vida. Esta actitud positiva, si pasa a formar parte de un nuevo y más armónico estilo de vida, le comportará no solamente poder combatir la enfermedad, sino obtener, además, los beneficios globales a largo plazo inherentes a una persona que cuida su estado de salud general. Aumentar el autoconocimiento sobre la enfermedad, reconocer los errores en sus hábitos diarios, buscar y controlar el equilibrio emocional, aprender a relajarse y meditar, así como una alimentación sana y equilibrada, son las principales claves.

No obstante, este proceso, llevado de forma individual, no es nada fácil, por lo que es imprescindible pedir el apoyo y el consejo de un profesional de la salud cualificado.