Escribió el inolvidable Charles Chaplin, -Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y, entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene un nombre…, autoestima.

Autoestima es amarse sin condiciones, aceptando todo lo desagradable o agradable que se percibe de uno mismo. En palabras de Albert Ellis, significa aceptarse a sí mismo plenamente y sin condiciones, tanto si se comporta como si no se comporta inteligente, correcta o competentemente, y tanto si los demás le conceden como si no le conceden su aprobación, su respeto y su amor. Autoestima es no creerse inferior a nadie, sino diferente, único, aceptándose y queriéndose así.

Los entornos que nos rodean en nuestras etapas de crecimiento influyen y limitan la forma de entendernos y aceptarnos a nosotros mismos, condicionando nuestras emociones y nuestros comportamientos futuros. La educación y la instrucción que recibimos, suelen sumirnos en una dinámica de competición y de comparación permanente con los demás, de forma que se incentiva ser el mejor, tener más éxito, más dinero, más belleza, más inteligencia, más conocimientos…, que por una parte no siempre garantiza tener más felicidad y, por otra, puede llegar a provocar sentimientos de frustración e inferioridad, baja autoestima y poca autoconfianza si no se consiguen superar o mantener los objetivos propuestos. Cuando eso ocurre, somos víctimas de una categorización que nos etiqueta con aquel “defecto” o “carencia” mostrado, por encima de nuestros valores internos y de nuestra verdadera personalidad, que quedan tapados y, si nos la creemos, desarrollamos unos pensamientos automáticos de baja autoestima que bloquean y sabotean la que debería ser una evolución personal y un estado emocional armónicos y equilibrados.

El problema deriva en que si la propia persona se cree y asimila estas categorizaciones y etiquetajes que provienen de su comparación con los demás, actuará inconscientemente bajo su influencia e irá potenciando un bucle en el que los hechos parecerán confirmarlas, convirtiéndolas en verdades absolutas cuando en realidad son creencias erróneas que se han automatizado y que, al influir en su comportamiento, pasarán, aparentemente, a formar parte de su supuesta “personalidad”. Pero lo cierto es que la persona no es así, sino que sólo se comporta así.

La buena noticia es que, dado que los pensamientos y los comportamientos pueden modificarse y mejorarse, no hay razón para creer que no podemos conseguir ser y comportarnos como realmente somos. Queriéndonos y aceptándonos incondicionalmente. Para empezar debemos autoconocernos. Reconocer y aceptar nuestras virtudes y nuestros defectos. Valorando nuestros logros, ideales, habilidades y conocimientos. Reformulando positivamente nuestras creencias negativas. Buscando, desde lo más profundo de nuestro corazón, nuestros anhelos, nuestro camino, nuestras ilusiones. A partir de ahí, tomar consciencia de qué podemos hacer para mejorar y potenciar aún más nuestras capacidades y habilidades. Mediante un adecuado trabajo de crecimiento personal y autoafirmación se aumentará el reconocimiento de la verdadera personalidad e incrementará su seguridad, su autoconfianza y autoestima, permitiendo dejar de lado aquellas etiquetas y categorizaciones que nos fueron impuestas y que, en ocasiones, fueron la excusa perfecta para que no afrontar ciertas situaciones, ni las creencias erróneas que, sin querer, se fueron desarrollando.

Aumentando nuestra autoestima, queriéndonos, y no dejando nunca más de querernos ni de creer en nosotros mismos, lograremos vivir más plenamente, en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás.